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martes

Quizás nos hace falta ser menos jóvenes




Quizá sólo nos falte
ser algo menos jóvenes, sentir en otro tono
más distante la vida,
sin abusos
con nuestra inevitable humanidad.

De nuevo el paraíso.
Otra vez en la suerte de una casa
no demasiado grande, bajo el sol de los viernes,
un refugio sincero en la colina
donde mirar la tierra con forma de caricia,
mientras marzo se va y abril levanta
la frente de los campos heredados,
a dos horas de viaje.

Junto al cristal dolido de la puerta,
me gusta comprobar que te desean
las raíces por mí, cuando se ciñen
con sus dedos salvajes a tu cuerpo,
a tus enormes días de pezones pequeños,
como sombras de olivo.
Igual que lo hace un sueño, bajas por la pendiente
para dormir conmigo,
incendiando
el encubierto reino de la luz retirada,
que no calla los pleitos de la carne
ni le pone distancia
al ruido mundanal de su vocabulario,
heredado también con estas piedras.

Aunque es más blanco el humo de los leños
y flota en son de paz
sobre el envejecido silencio de estos montes,
aunque los himnos del atardecer
debilitan las voces, acercándolas,
no conozco la senda que me aparte
de un cuerpo al que pedirle dignidad,
un cuerpo no invitado
a sus aniversarios, ese calor litúrgico
de los antepasados
y los bailes antiguos
con los hombros desnudos
parecidos al mar.

Es imposible retirarse a tiempo.

Es imposible,
mientras yo me aventuro a sorprendemos,
decirte, conocerte,
tener un privilegio.
y de nada nos sirven estas horas
que no son de tu edad ni de la mía.



Poema en la voz de
Blue

Confesiones



Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.


Poema en la voz de
Blue

Habitaciones separadas



Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Poema en la voz de
Blue

Merece la Pena



Sobre las diez te llamo
para decir que tengo diez llamadas,
otra reunión, seis cartas,
una mañana espesa, varias citas
y nostalgia de ti.

Sobre las doce y media
llamas para contarme tus llamadas,
cómo va tu trabajo,
me explicas por encima los negocios
que llevas en común con tu ex-marido,
debes sin más remedio hacer la compra
y me echas de menos.
El teléfono quiere espuma de cerveza,
aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia.

Sobre las cuatro y media
comunica tu siesta. Me llamas a las seis para decirme
que sales disparada,
que se queda tu hijo en casa de un amigo,
que te aburre esta vida, pero a las siete debes
estar en no sé dónde,
y a las ocho te esperan
en la presentación de no sé quién
y luego sufres restaurante y copas
con algunos amigos.
Si no se te hace tarde
me llamarás a casa cuando llegues.

Y no se te hace tarde.
Sobre las dos y media te aseguro
que no me has despertado.
El teléfono busca ventanas encendidas
en las calles desiertas
y me alegra escuchar noticias de la noche,
cotilleos del mundo literario,
que se te nota lo feliz que eres,
que no haces otra cosa que hablar mucho de mí
con todos los que hablas.

Nada sabe de amor quien no ha perdido
por amor una casa, una hija tal vez
y más de medio sueldo,
empeñado en el arte de ser feliz y justo,
al otro lado de tu voz,
al sur de las fronteras telefónicas.

Poema en la voz de
Blue